lunes, 26 de febrero de 2018

Moribundo sol

Era medio día. No Se movía ni una sola hoja. Los árboles empezaban a quemarse poco a poco, como mis pulmones. Las pequeñas hojas eran más amarillas que el mismo sol. Las marrones muertas caían al piso sin piedad. Nada las movía de su trayectoria. La silueta de los edificios aledaños se definía perfecta en el fondo azúl celeste, impecable. No había ni una sola nube, similar a mis esperanzas, nulas.
Mi boca se secaba, mi lengua se partía, cada grieta en mi piel descamada se arrancaba paulatinamente a medida que el sol aumentaba la temperatura.
No había ni una pizca de humedad. El aire era tan seco que sentía que fumaba, así que decidí encender uno de inmediato, la tensión era sublime, si bien para muchos era un ambiente para vacacional, para mi estaba tan muerto como yo.
La extrañaba, su dulce sonrisa inocente, su cuerpesillo de hada y sobre todo la forma con la cual hacía que mi alma se sentiese tan cálida como el día. Era aquello lo que me mantenía cómodo bajo el ardiente sol, mi corazón de hielo.
Después de fumar decidí abrir una cerveza, luego fueron dos más, tres, cinco, diez. Cuando finalmente empecé a sentir como bordeaba los límites de la ebriedad abrí mi licores y la bebí toda de un sorbo.
Llegó la noche, pero esta vez no llegó la Luna. Se veía un inmundo mar de estrellas, sin la Luna para guiarlas. Llegó el el viento, frío e implacable. Tormentoso granizo arrasó con mi rostro y mi cuerpo, el hielo, filoso como un diamante y pesado como el plomo golpeaba mi carne, mis huesos, mis ojos.
En medio de la sangre y el hielo pensaba en sus suspiros, en sus carcajadas y en su llanto. Pensaba tantas cosas que no me percataba como mi garganta se iba cerrando, como mi corazón latía menos cada vez que su recuerdo se hacía más vivo. Tampoco sentía como mi cara se enrojecía hasta pasar al púrpura fúnebre de los emperadores romanos. Cuando menos cuenta me di, podía verme, tirado en medio del barro, ensangrentado, con un orificio del tamaño del gran cañón en mi cabeza. El gran trozo metálico aún estaba tibio y humeante. Ya no podía ser, no lo fui y jamás lo sería. Sonaron las sirenas, las luces estrambóticas y los chillidos de los neumáticos habían iniciado su macabra melodía demasiado tarde.

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